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Karina Magnago

Viviendo la Relación Santa

Karina Magnago

Mi relación con Jesús es desde muy chiquita. Hablaba a diario con él en cualquier lugar, si bien me encantaba al llegar del colegio y subirme al techo de mi casa donde colgábamos la ropa lavada. Allí le preguntaba cosas, luego le daba un beso y me iba a tomar la leche y a jugar.

Nuestro diálogo ha sido lo que me ha sostenido y guiado toda mi vida.

En una de mis noches del alma, recuerdo que no podía entender cómo Jesús había perdonado y le pedí que me enseñara a perdonar como lo había hecho él, porque para mí era fácil justificar al otro pero eso no me dejaba en paz; es más, sentía miedo de esa persona.

Cierto día, preparando mi primera charla sobre la Expiación, empecé a recordar cómo llegué a Un curso de milagros (UCDM) y Jesús me dice: “¡No fue así! ¿Te acordás que me pediste que te enseñara a perdonar?” Y rompí en llanto de gratitud.

Es de Jesús en UCDM que estoy aprendiéndome este perdón bendito que cura todo lo que parece estar en mi mente y va cambiando el mundo que veo. ¡Mi vida está llena de milagros, como la de todos! Es solo que, con el Curso, podemos darnos cuenta del movimiento mental, de la mano de Jesús. Es cierto que somos obradores de milagros y Jesús nos anima a lograrlos para tener más y más confianza.

Cuando el Espíritu Santo me lleva a llamar a Nouk por algo irrelevante para mí, ella me dice: “He estado orando para que llegue alguien de habla hispana, ¡y acá estás!” Supe al instante que era parte del Plan de Dios para mi salvación. Mi mente aún necesita este perdón y con certeza me dispuse a lo que fuera.

¡Bendito sea el perdón! El Manual para la Relación Santa me llevó al milagro que tanto anhelaba obrar: le perdí el miedo al papá de mis hijos. Desconfiaba de todo lo que hacía y algo hizo un clic enorme en mí mientras integraba lo que íbamos leyendo. Solo puedo decir que empezaron a llover milagros. El gozo de ver de otra manera, de vivir la unidad, de vivir algo que se siente verdadero, no puedo ponerlo en palabras. Y son tantas las ganas de compartir esto, que es una alegría hacerlo. Tenemos derecho a vivir en plenitud y paz.

Para quienes hemos decidido conocernos y encontrar a Dios, nuestros hermanos son el camino para encontrar lo que estamos buscando.

¡Mi gratitud a Jesús por ayudarme a ver el regalo que son mis hermanos!